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La Coctelera

polela

4 Marzo 2009

La Picha (tres)

Poco a poco los once "pichitos" fueron diferenciándose y mostrando sus cualidades. Cuando cumplieron dos meses, con mucha pena nos deshicimos de ellos, actuando de agencia de adopciones, pues antes de vender los machos o regalar las hembras,averiguábamos qué tan cuidados estarían y si iban a recibir un cariño parecido al nuestro.

Del mismo modo que la "Picha" me mostró la muerte, me mostró también cómo comienza la vida, pues en otra ocasión  vi nacer a cuatro de sus seis cachorritos, y no puso objeciones cuando le ayudé a limpiarlos, mientras ella se ocupaba del que venía en camino.¨

Pasó el tiempo y como la "Picha" recibía tantas visitas de la cigüeña, es que mamá pensó que era tiempo de hacerla desaparecer. Así, una tarde, al volver de la escuela, echamos de menos las carreras locas y los lengüetazos. Toda búsqueda fue en vano y, lo peor, nadie sabía nada. A veces veíamos por la calle un perrito blanco y lanudo y corríamos esperanzadas tras él...pero no era nuestra "Picha". Realmente, echábamos de menos a nuestra compañera de juegos.

Esta pena, como todas las penas, poco a poco fue sanando, y así pasó un año.

Esa tarde de lluvia y frío nada hacía presagiar que ocurriría algo nuevo, y sallimos con mi hermana a entretenernos -como tantas otras tardes iguales-  , en ver la llegada de los camiones de Vialidad que venían de regreso con los obreros que tapaban los hoyos del camino...

De repente, y sin aviso, nos saltó encima un montón de pelos mojados y embarrados...Gritamos: "¡La Picha!" y caímos rodando abrazadas bajo esa lluvia...¡Bendita lluvia!

Cuando llegamos a la casa, entre carreras y gritos, la que casi se desmayó fue mi madre. Pero estaba felíz, a pesar que en cinco minutos toda la casa, incluyendo camas y sillones, quedó embetunada con la presencia de ese pobre animal que corría, chocaba, gemía, subía y bajaba...hasta que cayó exhausta y se quedó dormida. Recién entonces, supimos la historia.

El chofer había puesto a la "Picha" en el portamaletas del auto, con la intención de dejarla en cualquier sitio del camino. Había andado unos 20 kilómetros cuando sintió un fuerte olor a bencina; se bajó, abrió el portamaletas y vió, con horror, que se le había vaciado el bidón de bencina al pobre animal y estaba quemada, sin pelos y asfixiada. Dándola por muerta, la dejó bajo un árbol, y sin mirar atrás, regresó. Al parecer, alguien la acogió y luego, transcurrido un año, reconoció el camión y volvió a su hogar.

A pesar de los años que nos separan de esta historia, siempre la recordamos en detalle y nos enternece la fidelidad de esa perrita, al mismo tiempo que nos sentimos agradecidas, porque nos hizo felices tantos años de crudos y largos inviernos en las lejanas y aisladas tierras de Aisén.

Tags: obreros

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