La Picha. (parte uno)
Se abrió la puerta y en el umbral apareció mi mamá que traía en brazos algo peludo, blanco y tibio...
Nosotras, dos mocosas de 8 y 5 años, adivinamos de qué se trataba, nos abalanzamos sobre ella y dimos tales gritos, que la cosa blanca, peluda, salió corriendo y se metió bajo un catre, enroscándose y gimiendo...Allá fuimos nosotras reptando, hasta que logramos agarrarla y a tirones la sacamos. ¡Pobrecita! Entre tanto pelo, apenas se distinguía aquel par de ojitos asustados, pero nosotras la abrazamos y empezamos de inmediato a discutir su nombre, hasta que nos decidimos por el de "Picha".
La "Picha" era una perrita sin raza, pero muy hermosa, pequeña, juguetona y amorosa; empezó pronto a darnos alegrías y dolores de cabeza. Nos robaba los calcetines, se comía los pompones de las zapatillas de casa o nos ensuciaba las camas con sus patas llenas de nieve y barro. Todo eso se lo perdonábamos a condición de que se acostara a nuestros pies bajo la mesa a la hora de almuerzo. Así firmamos la paz.
Tuvimos que enseñarle modales y ella aprendió de todo, menos a sentarse en dos patas; se comía gran parte de nuestros chocolates, porque los exigía como premio por todo y se puso regalona; pero conforme fue creciendo, también se puso independiente y comenzó a tener amigos, por lo que le hicimos dormitorio afuera para darle más libertad.
Un día de invierno, cuando comenzábamos a levantarnos para ir a la escuela, echamos de menos el robo de calcetines y las carreras de nuestra amiga...Ese día salimos atrasadas rumbo al colegio, pero no logramos encontrarla. Todo lo que pensamos era que alguien nos había robado a nuestra compañera de juegos y no veíamos la hora de regresar a casa para buscarla. Ese día tragamos la comida a punta de vasos de agua. Por la tarde, lánguidas y tristes, preguntamos por el vecindario si alguien había visto a la "Picha", pero nadie nos dió siquiera una pista.
