Un mundo diferente 2.
¡A la cama! nos dijeron....no entendíamos qué nos pasaba, se nos daba vuelta el mundo, bailaba la escalera del Dalcahue, los peldaños se cambiaban de lugar....¡que miedo bajar al camarote!...Me costó subir a la cama de arriba entre tanto bamboleo, y me sentí pésimo al mirar de reojo por la claraboya y ver que el horizonte desaparecía bajo las olas que golpeaban el vidrio. Nos aconsejaron que no miráramos , mejor, que nos tapáramos bien, cerráramos los ojos, y ojalá durmiéramos varias horas. Parece que el calorcito de la cama nos hizo bien, y el ronroneo rítmico del motor actuó como canción de cuna, porque rápidamente nos dormimos, aunque a ratos despertábamos con el estómago revuelto. Luego de varias horas, y cuando pasó un poco ese torturante bamboleo, nos levantamos hambrientas. Ya era de noche, y fuimos al comedor a ver si había algo para satisfacer ese vacío estómago, y justamente había otros pasajeros en las mismas circunstancias que nosotras; nos sentamos a paladear una sabrosa comida que nos quitó ese malestar, y nos entretuvimos en descubrir en la oscuridad absoluta que nos rodeaba, aquellas insignificantes lucecitas de ventanas alumbradas por una vela que significaba que allí vivía alguien , en esas soledades de las islas del sur. De vez en cuando escuchábamos ladrar a un perro, pero no veíamos más que una debil silueta de los cerros recortándose contra un cielo nublado y con uno que otro reflejo de la luz de la luna.
Al día siguiente ya habíamos olvidado las penurias del golfo, y la gran entretención fue cuando el barco fondeó frente a unas casas, y vimos venir unos botes a remo en fila india que al llegar al lado nuestro lanzaron unos cordeles para amarrarse,y subieron unas personas por unas escaleras de cuerda que daban pánico, con sus maletas a cuestas, y se acomodaban en cubierta en tercera clase, es decir, cada uno buscaba un rinconcito que lo resguardara del viento .Eso fue algo que descubrimos y entendimos de a poco .De repente escuchamos un gran ruido, y vimos una grúa que sacaba desde la bodega una vaca colgando, amarrada desde los cachos, pataleando, y la llevaba hacia el agua; allí la agarraron los del bote y la amarraron a un costado. Al par de minutos, apareció otra vaca colgando y pataleando, y fue a parar al otro lado del bote. Luego vimos al bote alejarse con las vacas nadando y los hombres remando acompasadamente, hasta llegar a la playa.
El barco fue parando frente a cada caleta, para abastecer de sacos de harina, y otras cosas a los habitantes que vivían tan aislados y su único camino para salir de ahí con un enfermo o ir a vender o a comprar, era ese barquito pequeño que incesantemente recorría los canales y se metía por los increíbles y verdes recovecos entre las islas.
Ya a estas alturas, podíamos correr y jugar en el barco, le conocíamos todos los rincones, y no había minuto para aburrirse, porque toda la travesía era muy entretenida.
Ya al tercer día se notaba el frío sureño...Salir a cubierta abrigada era lo normal, y empezó a llover, todo se puso gris, y el día parece que fue más corto. Estaba oscuro cuando se empezaron a divisar las casas con débiles luces de vela y el ronroneo de los motores cambió, porque el barco luchaba con la corriente del río. La emoción nos embargaba, porque llegábamos por fin a destino, y allí ocurrió algo que no habíamos visto, que era cómo quedar al lado del muelle, las maniobras, las amarras, etc, y la música....¿música? Había una banda de carabineros tocando entusiasmada para recibir a los pasajeros que, emocionados descendían por la escalera acarreando sus bártulos en la semioscuridad y bajo la lluvia. Solamente las luces del barco iluminaban la orilla, pero teníamos que caminar con cuidado en los tablones mojados del muelle, hasta llegar al auto de vialidad que nos estaba esperando para llevarnos a casa.
