Un mundo diferente.
¡Que verano! Entre la fruta de la huerta, los juegos con los primos, las tortas de barro, el juego de las naciones en las tarde calurosas, el pillarse, mandandirun dirun dan...patitos, patitos vengan....no podemos ir, mamá!!!!....
Se iba acercando la fecha de entrar al colegio, los días eran algo más cortos, comenzó la preocupación por comprar cuadernos, lápices de colores, el bolsón de cuero...la ansiedad de la sala nueva...qué profesora me tocará?... y estábamos en eso, cuando llegó mamá de su viaje al sur y nos dijo "nos vamos"...."¡Quéeeee?" respondimos a coro mi hermana, mis primos y yo, y nos explicaron que viajaríamos en un tren, y luego en un barco graaaannnndeeee...¡Oh, que emoción! y empezaron los preparativos. Había que hacer las maletas, comprar ropa más gruesa, porque allá haría frío, que tendríamos un patio enoooormeeee para jugar, una casa bonita con jardín, una pileta con pececitos de colores....Esto último me hizo soñar por las noches , y despertaba mezclando los sueños con la realidad en una sucesión de imágenes vertiginosa que duró varios días, hasta que llegó el ansiado momento.
Fueron varias tías y amigas de la familia a despedirnos a la estación, nos encaramamos rápidamente al carro y nos asomamos por la ventana, nerviosas con los pitazos y el tumulto, las maletas, conductores, pasajeros, niños, revuelo incesante que se hizo eterno porque no hallábamos las horas de partir en esa aventura hacia lo desconocido. ¡Que entretenido es viajar en tren! Un pitazo, ese olor a humo de carbón, cerrar las ventanillas, instalarse, y ese chiqui chiqui chá...chiqui chá...chiqui chá... ese vaivén, comenzaron a aparecer los campos con vaquitas, se veían chiquitas...cada vez más rápido...íbamos entretenidas en descubrir las estaciones donde el tren se detenía a tomar y dejar pasajeros, hasta que se fue haciendo de noche, y poco a poco fuimos adormeciéndonos con el traqueteo de los carros . De repente despertamos en medio del alboroto de los pasajeros porque íbamos llegando a Puerto Montt y había que juntar el equipaje y preocuparse de que nada quedara en los asientos al bajarnos, y partir raudos hacia el muelle a tomar el gran barco para llegar a destino. Estaba lloviznando, muy oscuro, era tarde, y salimos a las carreras acarreando la tracalada de bultos porque era un viaje largo y por mucho tiempo, así que llevábamos de todo porque "allá cuesta encontrar "...
El "gran barco", resultó ser El Dalcahue, un barquito con tres o cuatro camarotes, un comedor pequeño, y un capitán con dientes de oro que nos dió pánico a la primera mirada, pero que después, con el correr de los años, fuimos queriendo y admirando porque se conocía palmo a palmo cada rincón de los canales del sur, y conducía su barco con orgullo y maestría.
El camarote tenía dos literas angostitas , un lavabo y una claraboya "atornillada" según nosotras, y que nos llamó mucho la atención al día siguiente, porque veíamos el agua tan cerquita. Después de comernos unos pancitos hechos por la abuelita, nos acostamos en esas tibias camas con la pared muy caliente...otro descubrimiento posterior: estábamos al lado de las calderas del barco, que eran como canción de cuna con su "tracatraca" interminable.
Despertamos tempranito con la curiosidad de conocer por fin cada rincón del "gran barco", y nos encantó el desayuno junto a los demás pasajeros con los cuales compartimos la mesa durante tres días. No nos tomó mucho tiempo recorrer cada rincón, salimos a cubierta en medio de la ventolera, gozamos mirando a las toninas que iban echando carrera a ambos lados, y estábamos felices de esta tremenda aventura, hasta que la cosa se puso fea y empezó el "zangoloteo" al entrar al golfo....


Gabriela Fernández Lopetegui dijo
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17 Enero 2009 | 01:12 AM